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![]() Un poeta ilustrado e iracundo Crítica “Luz rabiosa”, de Rafael Rubio: Los Rubio —abuelo, hijo, nieto— forman una curiosa dinastía poética. El primero, Alberto, escribió ese gran libro La greda vasija (1952), una verdadera poesía de la sintaxis, en las huellas de Vallejo y la Mistral pero con personalísima voz. Su hijo Armando se inició como una auténtica promesa, y alcanzó a escribir algunos versos memorables, hasta que nos lo arrebató una muerte prematura. Hoy el nieto, Rafael Rubio (1975), nos presenta su notable Luz rabiosa (“Adentro de lo oscuro hay una luz rabiosa”, buen verso alejandrino, buena paradoja, buen aforismo). Ya los primeros versos delatan el motivo dominante de estas páginas: la muerte, primero la del padre, luego toda muerte: “Aquí tienes el cuerpo de mi padre, Dios mío/ ¡Bórramelo de un solo resoplido furioso/ para no ver mi sangre en su sangre, ni mi carne/ en su carne temblando de ira!”. Este sentimiento será programático, según Rubio nos manifiesta en otra página: “Si hablas de tu padre será con rencor/ y no con el barato lloriqueo/ de los pobres de espíritu”. Pero después de estas elegías iniciales, con rencor o con nostalgia o con el talante que sea, vuelve y vuelve el motivo central, como en este logrado cuarteto endecasílabo: “Me he asomado a la sopa (improvisado/ espejo) para verme. Y sólo veo/ la cara de mi padre que me mira/ desde el abismo funeral del plato”. En seguida apreciamos los renovados arcaísmos de los clásicos españoles, las violencias sintácticas del abuelo y los desgarros de Zurita, todo ello sabiamente recreado en esos versos que se retuercen, en esos sustantivos adjetivados: “Desmádrese el silencio contenido/ Peñásquese la nada hasta los huesos/ Enhuésese el peñasco, conmovido (...) Tan muda la ceguez, tan ciega el habla/ y tan peñasco el miedo de estar preso/ tan piedra la mudez que nos entabla...”. Hay fuerza en estas violencias verbales y repeticiones, que no deben confundirse con simples juegos de palabras, y que se contienen —como por contraste— en muy ortodoxos versos endecasílabos. Tampoco es un simple juego el enérgico rigor con que un solo fonema —el más duro y propio del castellano, la jota— organiza estos versos de no menos enérgica rima consonante: “Que no me escancien la borraja impura/ en la vasija que quebró la muerte// ni me la trasvasijen más oscura/ ni me la viertan sobre el gajo inerte”. Esta potencia me recuerda lo mistraliano de Arteche, así como lo vallejiano de Alberto Rubio parece resonar en expresiones como “la cuchara recóndita”, “las cucharas absortas”, “el almuerzo rencor”, “las paltas viudas”... Por otra parte, se ha aprendido bien aquí la lección de síntesis, composición y esencialidad que asociamos a Rosenmann y a Uribe: “La blanca cabra bala/ su nada en la cielada clara y pura/ do mana el aire: ala/ que bate en la espesura:/ ¿El hálito del sol o su premura?”. O también: “¿Caballuno me voy? Perdí el estribo/ en el galope natalicio, cojo/ potro que soy ¡Arribo/ hasta la llaga de los cielos rojos!”. Podemos añadir que una intensa red de parentescos atraviesa este libro de punta a cabo: padre, madre, hijo, hermana, un poco a la manera del primer Vallejo, sólo que no se trata de influjo literario, sino de una realidad vital autónoma, la de la sangre, y no necesariamente en clave afectuosa: más bien en la clave del dolor redimido o reconciliado por la palabra poética. Pero no se interprete mal el exceso de nombres propios en este comentario. Ellos —y otros: los de todo el Siglo de Oro español, por ejemplo— no indican dependencia sin más. Los he usado para enfatizar la riqueza creadora de Rafael Rubio, la amplitud de los recursos formales que ha aprendido e innovado, la vitalidad de las tradiciones que lo sustentan, y su dominio de la poesía como un oficio de vida o muerte. Sabe bien qué es un verso, qué una estrofa, qué un encabalgamiento, qué una aliteración: ciencia, intuición y arte que contrastan intensamente con la pobreza de lecturas, de experimentos y de experiencias que caracterizan a muchos poetas jóvenes, iletrados y fáciles. Digamos que nuestro autor es un poeta serio en el sentido más positivo del término. Hay una escritura y reescritura polivalente, culta a la vez que ingenua, profunda como vida y rigurosa como forma en este notable Rafael Rubio nieto que, más allá o más acá de su dinastía, con esta obra se ha hecho un nombre propio en el menguado panorama de la poesía chilena actual. Luz rabiosa Camino del Ciego Ediciones, Santiago, 108 páginas, $8.000. Poesía |
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![]() La penuria de las humanidades Éste es un libro que a todos nos concierne, profesores, maestros, investigadores, escritores, artistas, estudiantes (desde el nivel primario al terciario de nuestro sistema de enseñanza) y, muy especialmente, a los “responsables del espanto” en que se encuentra nuestro sistema educativo y cultural nacional. “La educación chilena es mala y abundan los datos que prueban este juicio”. Es un libro “tábano” —en el sentido mistraliano— asumido y ejecutado por un “intelectual crítico” (y no por un “especialista” obsecuente ante los poderes ideológicos o políticos) que, en los 13 ensayos que componen el libro, argumenta contra las ideas falsas que legitiman políticas educativas no equitativas. El núcleo de este libro es un alegato apasionado, reflexivo y documentado, primero, sobre la necesidad de tomar conciencia de la penuria en que se encuentra en Chile el área de las humanidades, con sus disciplinas correspondientes (artes, ciencias del lenguaje, filosofía, historia, literatura), en tres niveles decisivos: su calidad actual, su dotación de recursos y sus criterios valorativos para implementar políticas equitativas y sabias de enseñanza. Enseguida, remontándose a las argumentaciones de José Enrique Rodó, Manuel Kant y Federico Schiller, el autor nos hace ver —nos refriega con acritud, diría— la necesidad imperiosa de sopesar, en el espíritu de esa triple enseñanza, el valor fundamental de las artes y de las humanidades, en sí mismas, para cambiar el estatuto precario que la cultura contemporánea asigna a las humanidades y, así, fijar un programa de trabajo nacional que reconozca los retos que tenemos que enfrentar. Un carácter fundamental de la enseñanza kantiana-schilleriana, respecto del valor de las artes y humanidades para la formación cultural del hombre —nos recuerda el autor—, es su promoción del ejercicio de la libertad en medio del entramado social en que conviven los seres humanos. Y a la libertad se llega por el camino de la belleza, del goce estético sustentado en el ejercicio de una imaginación creadora que conjuga impulsos sensibles con formales. Y que el autor entiende, hoy día, como esa exploración estética y de crítica ideológica que los poetas, artistas e intelectuales críticos hacen de los puntos asistémicos, de las zonas de contradicción que ellos detectan en el interior del sistema social en que conviven. Todo lo anterior conforma lo medular del aporte de este libro para quienes trabajamos en el área de las humanidades en Chile. Y, por lo mismo, creo que textos como Diferencias latinoamericanas, de Jorge Guzmán; Madres y huachos, de Sonia Montecino; Cultura y modernización en América Latina, de Pedro Morandé, y El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, deben ser leídos dentro del mismo paradigma crítico con que el autor relee el Ariel de Rodó. Estos textos son visiones de la imaginación creadora, ensayos interpretativos que tanto describen nuestra realidad nacional e hispanoamericana como, al describirla, la recrean con las armas de la razón estética, intelectual y moral. Son nuestros clásicos, desde ellos, precisamente, podemos impugnar, resistir y transformar las ideas falsas y las políticas no equitativas que pervierten nuestro sistema educativo y cultural. Roberto Hozven Lom, Santiago, 2008, 176 págias, $6.900. ENSAYO |
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Mentirosos Diario de Lectura Roberto Merino Todos los mentirosos sistemáticos terminan rayando el terreno de la literatura. Su arte está orientado a la manipulación de las palabras y su fin es sostener frente al interlocutor mundos imaginarios e identidades falsas. Una sola falla en la construcción del relato le significaría al mentiroso un estruendoso desenmascaramiento. Pícaros y estafadores abundan entre nosotros hilando cuentos brujos ante un público poco advertido. Los vemos cada cierto tiempo en las fotos de los diarios, caminando hacia una fiscalía con la cabeza gacha, esposados y flanqueados por un par de detectives. Siempre caen finalmente. Ni aun el Bello Marcelo, príncipe de falsarios, logró mantenerse resguardado detrás de sus mentiras. Engolosinado por la adrenalina de la mendacidad, construyó demasiadas líneas narrativas en su autobiografía, y éstas en un momento le cerraron el paso. Enamoró mujeres que lo ayudaron en su condición de estudiante extranjero, sin saber que en otras ciudades aparecía como próspero corredor de bolsa. Éste es un caso de mentira por usufructo monetario, una actividad cuyos mecanismos son lógicos y comprensibles. Los motivos del mentiroso literario, en cambio, nos dejan siempre en un terreno incierto. En ellos se mezclan la vanidad con la fragilidad y la sensación de omnipotencia, y a veces también el fastidio ante una vida chata sin horizonte ni luz. En Chile la mentira literaria es casi una tradición. Sus epónimos son quizás Augusto D’Halmar y Eduardo Molina Ventura. D’Halmar se inventó un pasado a la medida de un ego desmedido, ya que nunca pudo cerrar con duelo alguno la herida del abandono de su padre, aunque también adulteró el presente con efectos exotistas. Molina Ventura especuló igualmente con entronques nobiliarios y con un París secreto del cual él conocía las claves y los itinerarios. Algunos de mis amigos se inscriben en esta línea. Cuentan historias difíciles de probar y ante cualquier encrucijada cotidiana fabulan con desenlaces fantasiosos de los acontecimientos. Como generalmente mezclan hechos verdaderos con otros inventados, hay que haber escuchado sus cuentos durante varios años para detectar en qué momento mienten. Estos amigos son graciosos y sobre todo muy entretenidos, pero copan una cierta cuota de resistencia ante la ficción: yo no quisiera conocer a ningún mentiroso adicional que me signifique un nuevo proceso de adaptación. Pensándolo bien, si no sabemos con certeza qué es la realidad, afantasmar más aún esa categoría con embelecos de la imaginación no revela más que un ocio ilimitado y una notoria tendencia a creer que la vida es una pura chunga. En Chile la mentira literaria es casi una tradición. Sus epónimos son quizás Augusto D’Halmar y Eduardo Molina Ventura. |
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