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Un día en la vida del "Cisarro" POR LUIS MIRANDA VALDERRAMA FOTOS JOSé ALVúJARDe pronto, un niño aparece. Tiene los ojos café claro, casi como la miel, y el cuerpo es compacto y flaco. Mide apenas un metro, pesa 25 kilos. Lleva puesta una polera de color negro con letras desordenadas y calzoncillos blancos. Son las 12 del día. Hace calor. Debiera estar en clases, pero el colegio sirvió como sede de las votaciones municipales y por hoy está cerrado. Cristóbal se levanta y mira desde lo oscuro de su pieza hasta el living, donde ve a su madre conversando con el subteniente de la décima octava comisaría de Carabineros, Nicolás Cabalín. El niño se rasca la cabeza, baja el mentón y mira con desconfianza.–Cristóbal –dice el subteniente–. Te traje un regalo: la polera oficial de la U firmada por todos los jugadores.Luego que comenzara a aparecer en la prensa como "el niño asaltante" y se convirtiera en el rostro infantil de la delincuencia, la unidad policial decidió apadrinarlo.El niño observa la camiseta. Agradece. La mirada le cambia y su actitud es menos agresiva, pero no sonríe. Cristóbal está en alerta. Se mueve de un lado para otro y su madre, Jacqueline Morales, le ordena que se ponga pantalones, porque hay visitas. Cristóbal o el "Cisarro", apodo que se ganó ante las burlas de los demás por no decir correctamente la palabra "cigarro", hace un gesto de fastidio y regresa a su pieza. Tiene nueve años, en menos de una semana va a cumplir los 10.Algunos niños que pasan enfrente de la casa miran con desconfianza la silueta del carabinero. Afuera, en las angostas calles de la población Cousiño Macul de Peñalolén –llena de bloques de tres pisos–, no es bien visto que los policías entren a las casas y conversen con los vecinos. Cristóbal lo sabe. A las familias que permiten tal intromisión se les llama "sapos" y se les detesta. En su mundo eso es una falta y un pecado que, tarde o temprano, se paga."Esto es difícil de llevar", dice Jacqueline. "Tengo una familia de varios hijos. Debo la luz y el agua. Quiero estar con mis hijos y cuidarlos, no salgo de mi casa por eso. No me meto en cosas raras y tengo mis papeles limpios. Me dieron un kiosco, pero no tengo con qué comprar las cosas para vender".Mira hacia la pieza de su hijo.–¿Cristóbal, te pusiste los pantalones?Silencio.Segundos después, el niño aparece con pantalones.–Hijo, mi perrito, venga para acá.Cristóbal se acerca a su madre y la abraza y se queda allí durante un largo rato. La besa una, dos, tres veces.–¿Me quiere a mi?–Sí –dice el niño. Y la vuelve a abrazar.Nadie diría que aquel niño ha sido detenido por un asalto violento.El 24 de septiembre Cristóbal salió de su casa y se juntó con dos amigos. El Franco, de 13 años, y el Fabián, el "Garra", de 15. Los niños tomaron una micro y se dirigieron al sector de la Escuela Militar, en Las Condes. Allí se bajaron y caminaron por Apoquindo con lentitud, observando casas.El "Garra", el líder del grupo, había planificado el asalto tal como lo había aprendido: simplemente iban a buscar una casa que tuviera una ventana abierta o que su pandereta fuera baja. El "Garra" no era nuevo en esto: tenía más de 50 detenciones en el cuerpo y había empezado a robar casas a los 11 años, reclutado por adultos por ser precisamente un menor de edad; ya tenía la experiencia y la agresividad como para reducir a la víctima y arrancar con el botín. Con los años se convirtió en el delincuente juvenil más peligroso de la Villa Cousiño Macul, y los vecinos le temían. Hace más de tres años que Cristóbal era parte de su grupo.Eran las nueve de la noche.Cuando entraron por calle La Gloria y vieron la casa del empresario japonés Masataka Wada Nakamura notaron que había una pequeña ventana abierta. El "Garra" ordenó a Cristóbal entrar por allí: era el más pequeño, el más elástico, y nunca había demostrado miedo, ni siquiera cuando el mismo "Garra" le pegaba frente de los demás. Ingresaron sin problemas y trabajaron rápido, pero de pronto se encontraron con el dueño de casa. El "Garra" lo amenazó y golpeó, mientras que los otros dos niños se apresuraban en sacar las cosas. Cristóbal notó que ya eran dueños de la situación. Registraron todo el lugar y en cuestión de una hora ya estaban en el auto del empresario, huyendo con un notebook, un televisor y 40 mil pesos.Ocho días después vino el asalto al decano de la Universidad Adolfo Ibáñez, Leonidas Montes. En esa ocasión los niños golpearon al dueño de casa y lo dejaron herido. Mismo procedimiento.La mayor parte del botín quedó para "El Garra" y para Franco. Una cantidad pequeña fue a manos del "Cisarro", la que aprovechó para ir a un local de comida rápida y jugar videos.–Me dio miedo cuando los carabineros vinieron a ver a mi mamá –dice "Cisarro" ahora, en su casa, frente a su madre–. Pensé que me iban a llevar detenido. ¿ésa es una grabadora?Cristóbal toma la grabadora. Aprieta unos botones y escucha su voz: es aguda. "Hola, como estai", dice. Pone stop y se vuelve a escuchar. Los ojos de miel se abren con sorpresa.Jacqueline Morales siempre ha vivido en Peñalolén. Tiene 44 años y es madre de 10 hijos de distintos padres. No trabaja. Está endeudada con la luz y el agua potable. La casa donde vive está impaga desde el año pasado. Cuando el padre de Cristóbal se enteró por la prensa de lo que había pasado con su hijo, la llamó.–Me preguntó por Cristóbal –recuerda–. Y después me dijo que yo había aparecido bonita en el diario.Sonríe.El padre de Cristóbal fue pareja de Jacqueline hace más de diez años. Concibieron a Francisco, que ahora tiene 11 años, y luego vino Cristóbal. Fue una sorpresa para ella y para su pareja, porque no tenían presupuestado un nuevo hijo. Cristóbal nació tras una cesárea de urgencia. Meses después, el padre se fue."Cristóbal nunca ha tenido un padre. Y cuando él me llamó, le dije que se hiciera cargo de su hijo, y me dijo que no podía porque había hecho su vida con otra mujer. él ya no entrega dinero para los niños, de vez en cuando 30 mil pesos, pero no alcanza para nada".Norma Mayra, jefa de seguridad ciudadana del Municipio de Peñalolén, conoce bien a Jacqueline y a Cristóbal. Hace dos años existe un plan de ayuda a menores de edad que hubieran sido detenidos. "En julio hicimos unas evaluaciones con el Cisarro", explica. "Se detectó una alta complejidad, ya que nos dimos cuenta de que tenía una familia negligente. Su madre no tiene mucho compromiso. Se le ha pedido que trabaje, que se capacite. Y no ha pasado mucho. Ella podría tener un subsidio único familiar, pero se requiere tener a los niños escolarizados, y sus niños no van al colegio. Cristóbal debería estar en tercero o cuarto año básico y sólo está en segundo. La mamá supo del robo de las zapatillas y no dijo nada".La profesora de su colegio recibió una capacitación para que ayudara a Cristóbal, pero no funcionó. Peleaba con compañeros, era agresivo. Se frustraba de inmediato y dejaba de hacer sus tareas. Prefería jugar al fútbol y se juntaba con los amigos del "Garra", el pequeño dueño de la población."Tiene un padrastro, que es el padre de dos niñas pequeñas", dice Mayra. "No hace nada, porque al parecer tiene un marcapasos. Pero hubo denuncias de vecinos que les pagaba a las niñas. Y ellas están en un centro del Sename. A Cristóbal también le habría pegado".La municipalidad advirtió que el "Cisarro" era un niño en peligro. Y trató de que ingresara al Programa de Intervención Especializado (PIE) del Sename, con monitores, reuniones periódicas, asesoría educacional y sicológica. Pero llegaron los asaltos y la detención y la prensa.A la 18° comisaría de Ñuñoa llegó el "Cisarro". Lo sentaron en una oficina y comenzaron a preguntarle cosas: cómo se llamaba, el nombre de sus hermanos. Cristóbal adoptó la actitud que había aprendido en la calle: responder con preguntas, ser agresivo, no demostrar miedo, asumir el control de la situación. Un niño como él sabe que por su edad es inimputable."Me sorprendió que ese niño fuera uno de los peligrosos asaltantes que la SIP había estado buscando", recuerda el mayor Jorge Alvarado Depix. "No lo entendí muy bien, porque él respondía desafiante. Era un hombre chico. Uno ve a este muchacho con toda esa carga y tras un rato, cuando se siente más confortado, se va convirtiendo en el niño que es".Un carabinero sacó su arma de servicio y Cristóbal levantó la cabeza. Lo miró con detención y dijo: "ésa es una pistola de nueve milímetros". El mayor reparó en ese detalle. Le preguntó por la diferencia entre pistola y revólver, por los calibres de las balas. Cristóbal tenía mucho conocimiento de armas. Luego buscó una pelota y se la pasó.–Juega –le dijo–. Eso hacen los niños.Y Cristóbal empezó a patear el balón, a llevárselo con cuidado en el borde interno y el borde externo. Se dieron cuenta de que tenía talento y entonces vino la idea de apadrinarlo."En el caso del niño de 13 años que participó con Cristóbal, la situación es compleja: su padre cumple una condena y él ya tiene más de seis detenciones. En cambio, este niño tiene mayores expectativas de salir adelante. Su madre no posee antecedentes policiales, no ha querido meterse en la venta de drogas. Y si quiere el fútbol, si le gusta y si puede practicarlo, a lo mejor tendrá una oportunidad en su vida".–Me gusta el Chavo del Ocho –dice Cristóbal–, me gusta el fútbol, me gusta la U. Mamá, quiero ir a jugar a la pelota.–No puedes, estás hablando con el señor.–Pero quiero ir, déjame salir –dice fuerte–. ¿Hasta cuándo van a ser las preguntas?Cristóbal cierra los ojos, pone tensa la cara, abre los ojos, baja el mentón y muestra sus dientes. Luego toma las llaves de la casa y comienza a jugar con ellas, les pasa el dedo por el borde muescado.Ha pasado una hora. Su madre envió al niño a cortarse el pelo. Tiene dos cicatrices en el cuero cabelludo. Una cerca de la frente y otra un poco más arriba. El subteniente se fue con la promesa de llevarlo al Estadio Nacional a ver el clásico entre la U y la UC. El aceptará, dirá que quiere ir con ellos, pero el día del partido se va a arrancar de la casa e irá con su hermano Francisco y algunos amigos de la población al estadio.No le importará el compromiso."A mi hijo lo molestan siempre. Porque siempre ha sido como el más malito de su curso, de la cuadra. Pero no es un niño malo. Le gustan las cosas que a todos los niños. Pero mire sus zapatillas, están viejas. Y eso le duele. Me duele a mí también. Mi hijo puede ser una buena persona".Afuera, Cristóbal, su hermano Francisco y otros niños juegan a la pelota. |
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